Newsletter 8 de enero 2024​

Newsletter 8 de enero 2024​

Con esto del nuevo año y tal, estoy volviéndole a dar vueltas a un tema que me visita frecuentemente sobre todo al final de las vacaciones, tiene que ver con complicarnos la vida, el esfuerzo y los proyectos.

No sé si os ha pasado a vosotros alguna vez, el caso es que en ocasiones me levanto sin ganas de nada y preguntándome constantemente por qué. Por qué y para qué hago lo que hago.

Y no me refiero a la vocación ni al trabajo, esa fase creo que ya la he dejado atrás -menos mal, fue angustioso-. Me refiero a los extras como este de escribir esta newsletter, por ejemplo.

¿Para qué escribes, para qué estudias, por qué entrenas, para qué te apuntas a carreras, para qué madrugas, por qué estás viviendo fuera, para qué esta doble dedicación profesional, para qué el alemán, por qué te complicas?

Después veo alguna película antigua, alguna serie o leo algún libro que hace referencia a los dos siglos anteriores. Incluso me acuerdo de lo que contaban mis padres, que cuando llegaron a su primer piso estaban sin muebles, con apenas un colchón y unas sábanas regaladas, o no podían permitirse viajar ni florituras de esas. Y por eso solamente se planteaban el trabajar, trabajar y criar.

Y no había tiempo para mucho más. En la tele ves a los protagonistas esforzándose por salir adelante, malcomiendo, pasando frío o calor, estudiando de día y trabajando de noche, o al revés. Criando a niños y teniendo unas cuantas aficiones, y punto. Y todo bien.

Se esforzaban, era lo que tocaba, no se lo planteaban. No lo pasaban bien, no era todo diversión, había dedicación, perseverancia y aceptación. Y cuando había que desconectar, desconectaban.

Pero ahora lo tenemos todo. La comodidad, el acceso a la tecnología y al entretenimiento parece que viene antes del esfuerzo y el trabajo. Ya no tenemos que complicarnos la vida. Ya podemos dedicarnos a lo nuestro a base de tener un empleo y entrar en el sistema. Podemos trabajar y vivir -en teoría-.

Y ahí es cuando me complico.

Creo que de alguna manera admiro a las personas que solamente se dedican a su trabajo, a sus aficiones sencillas y a su familia. Esas que no necesitan más.

Esas que no se sienten incómodas cuando se tumban al sofá a leer una novela, cuando llega el fin de semana y desconectan de todo lo que implique productividad, competitividad, preparación y modas actuales. Esas que solamente tienen horarios de lunes a viernes.

Por momentos creo que he caído en la trampa totalmente. La trampa de tener metas, de no querer para de moverme, de atender a la gran mayoría de mis inquietudes. La trampa de esta época de aprovechar el tiempo y la vida, ¡que sólo es una!, de tocar todas las ramas que a uno le atraen y de al final vivir mirando el reloj para ver qué toca ahora.

Hay personas que necesitan un desfibrilador para reaccionar y ponerse un poco a tono, para que vivan la vida un pelín más intensamente y sepan que hay algo más a parte de la casa y la oficina.

Y hay personas que necesitan un freno, pararse y preguntarse para qué hacen lo que hacen. Para qué trabajar más, para qué competir más, para qué estudiar más, para qué formarse más, para qué abarcar más, para qué mejorar más, para qué avanzar más, para qué conseguir más…

Como siempre, en el equilibrio está la virtud. Ahora, ¡encuéntralo tú!

Creo que las vacaciones no me sientan del todo bien. O sí.

¡Un abrazo y feliz año a todos!
Ana

Yo te busco, no te preocupes

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Anita Balle

Autora de este Blog

La parte cotilla de todo esto

Publicista y creativa de profesión, psicóloga de vocación y actualmente ejerciendo también como terapeuta. Madre de familia y pareja de ingeniero. Actualmente viviendo en Hamburgo.

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