Abre las ventanas que aquí huele a humanidad

Cada mañana, Edu y yo nos despertamos temprano, casi siempre antes que las niñas. Da igual que sea lunes que sábado.

Entre semana les despertamos a las 6:30 de la mañana, escogemos una canción y entramos en la habitación con la música puesta. Cuando entras en esa habitación, donde han estado esas tres personitas durmiendo entre 7 y 8 horas, huele que no veas.

– ¡Estáis vivas! – les dice Edu mientras se dirige a la ventana para abrirla y que corra un poco el aire.

– Sí, huele a humanidad – respondo mientras besuqueo por turnos a las chiquillas, les levanto las sábanas o les hago cosquillitas.

Este embotamiento, es el mismo que puedes sentir tú en cualquier momento del día, el mismo que siento yo y cualquiera que pueda considerarse humano.

Y las historias que yo cuento es esa ventana, que deja entrar una brisa fresquita que se lleva poco a poco ese olor intenso y permite que el cuerpo se despierte y se ponga en marcha.

Ese olor que, quien está dentro no huele, pero el que viene de fuera, recibe a veces como una bofetada. ¡Plas!

Las historias no son lecciones de vida, no buscan una acción concreta por tu parte, no pretenden enseñar nada. Son simple y llanamente historias.

Historias que pueden recordarte a alguien, que pueden sacarte una sonrisa, que pueden hacerte olvidar algo que merece ser olvidado.

Manuela se queja en ocasiones, – ¡cierra la ventana papá que hace frío! –

Le encanta quedarse en la cama, chupándose los deditos y siguiendo con el sueño que tenga en ese momento. Con diferencia es a la que más le cuesta levantarse.

Entiendo perfectamente que haya gente que no quiera abrir la ventana, a veces puede hacer frío, a veces puede dar pereza, si prefieres no abrir la ventana, no pasa nada.

Debes saber, eso sí, que si te suscribes a esta lista de correo recibirás entre dos y cuatro mails a la semana con historias que merecen la pena ser leídas. E incluso te diría que con seguridad esperarás a la siguiente con curiosidad.

Son historias que solamente podrás leer si te suscribes en el mail, no aparecen en ningún otro sitio, la mayoría ni siquiera en mi blog.

Los relatos también son como el menú diario de ese restaurante que te encanta. Ese en el que te sientes como en casa, en el que llamas al camarero por su nombre y en el que no tienes que recordar que el café del postre lo quieres descafeinado de máquina.

No son muy largas, están escritas para entretener y atienden a lo que la cocinera haya planeado para la semana.

Si el menú acaba por no gustarte, siempre puedes darte de baja y tan amigos.

Si alguna vez quieres comentarme o debatirme algo, siempre podrás mandarme un correo para comenzar una buena conversación.

Para abrir la ventana y airear la habitación tienes que dejar tu email aquí abajo.