Autorregularse

Autorregularse

Estamos a 19 de febrero de 2024 pero bien podría ser mitad de año. No sé vosotros, pero yo personalmente parece que desde enero esté subida a una Honda CBR Super Blackbird 1100 XX.
 
Esta fue la moto más rápida que tuvo mi padre, quizá demasiado. Un par de sustos y otras razones relativas a la comodidad de la acompañante le hicieron pasarse a otra versión más de adultos cautos y sensatos.
 
Por suerte, al “bicho” se le ha acabado la gasolina y he podido bajarme a repostar. Alicante es buena estación de servicio cuando tengo la cara llena de mosquitos pegados y mariposas estampadas.
 
A veces apretar el acelerador es justo lo que necesitamos. Cuando sentimos que las cosas están lo suficientemente controladas, metemos gas para llegar de una vez al destino, y también para sentir esa sensación dopaminérgica de velocidad, espontaneidad y salvajismo. Todo sale fácil. ¡Disfrutemos!
 
El problema viene cuando ya no reduces en las curvas, cuando ya no sientes la tensión en los antebrazos o el latido de dolor en las lumbares, o cuando ni te fijas en que tienes el culo completamente dormido.
 
Saber cuándo bajarse de la moto no siempre es fácil. A veces apuras tanto que, cuando decides parar, te das cuenta de que estás tan machacado que no quieres volver a subirte. Lo que antes no te costaba nada ahora se convierte en todo reto. Señal de que te has pasado, sí.
 
Encontrar la velocidad de crucero perfecta, esa que te mantiene activo y alerta a la vez que disfrutas del paisaje, con la dosis exacta de diversión y prudencia, no es algo que nos venga de fábrica, por lo menos no a todos. Al fin y al cabo, la vida va de eso muchas veces: de autorregularnos.
 
Tengo un amigo que es capaz de correr muchos kilómetros a un ritmo constante. Cuando le digo que a mí eso no me sale, me dice que algo no estoy haciendo bien. Que tengo que entrenar eso. Que todos los buenos runners de asfalto son constantes en su ritmo.
 
Sé de sobra que la velocidad de crucero no es mi fuerte, ni en el running, ni en la vida. Doña “dientes de sierra” podría llamarme, o Doña «picos y valles” o Doña “según sople el viento”. Así que tener amigos cerca que te recuerdan que eso se puede equilibrar, ayuda, aunque sepas que nunca llegarás a su nivel de estabilidad.
 
Mientras él bien podría ser un buque que atraviesa los océanos sin inmutarse, yo me veo más como una lagartija de los documentales, de esas que van a dos patas corriendo por el desierto con un ojo en Parla y el otro en Marruecos.
 
De todas formas, os digo que esta vez me he dado cuenta a tiempo. Me he bajado de la Honda y no me encuentro tan garrote.
 
Un par de buenas charlas con familiares y amigos, el ver cara a cara a gente que me importa, las comidas de mi madre, los paseos por el campo y una buena dosis de sueño promovida por un relajante muscular que me tomé sin darme cuenta, han hecho milagros en cinco días.
 
Y llegados a este punto os digo que para mí lo que marca la diferencia es el darse cuenta.
 
Que uno sea capaz de reconocer lo que se está yendo de madre a tiempo, te da una ventaja competitiva. Luego ya, con esa información, haces lo que quieras. Pero verlo, reconocerlo y saber interpretarlo te devuelve el control de tus decisiones y acciones.
 
Así el más pasional e inestable puede aprender estrategias de autorregulación y autoaceptación. Ser la lagartija bizca tampoco está tan mal.
 
El más estable y constante puede aprender a echar más sal a su vida y apasionarse más de vez en cuando. El más responsable y correcto puede permitirse disfrutar y relajarse. El más servicial y entregado puede dedicarse tiempo a sí mismo sin culpabilidad. El más divertido e infantil puede centrarse y hacerse responsable de asuntos serios. El más solitario y autónomo puede compartir tiempo de calidad con los demás. El más exitoso y triunfador puede mostrar su cara más mediocre con tranquilidad. El más fuerte e impetuoso puede relajarse y mostrar su lado más vulnerable. El más inseguro y desconfiando abraza la vida a sabiendas de sus miedos e incógnitas.
 
Darse cuenta es el primer paso.
 
-Cámbiame la Honda por algo más tranquilo por favor, pero no la desguace, que la necesitaré otro día.

Yo te busco, no te preocupes

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Anita Balle

Autora de este Blog

La parte cotilla de todo esto

Publicista y creativa de profesión, psicóloga de vocación y actualmente ejerciendo también como terapeuta. Madre de familia y pareja de ingeniero. Actualmente viviendo en Hamburgo.

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