Las tres decisiones que más han cambiado mi forma de vivir

Las tres decisiones que más han cambiado mi forma de vivir

Hoy, 19 de julio de 2026 cumplo 43 años.

Creo que desde que cumplí los 40 he perdido la habilidad de responder rápidamente a la pregunta ¿cuántos años tienes?

Cada vez que me preguntan eso, tardo más en responder. No sé si es que llega una edad en la que casi nadie te pide ese dato, y entonces se pierde esa «acción – reacción»…

O es que de verdad pasa algo a nivel cerebral que hace que te protejas de las minidepresiones instantáneas que supone reconocer que vas sumando años…

Aunque paradójicamente a veces te encuentras mil veces mejor que antes.

Vale, quizá me alejo la pantalla del móvil de la cara porque ya no veo de cerca, o si estoy mucho rato sentada me duelen las articulaciones…

Quizá me crujen los tobillos cada mañana al bajar de la cama, y el mantenerse en forma ya no puede permitirse un parón ni de dos semanas…

Pero la realidad es que me siento a años luz en lo que a felicidad, plenitud, capacidades y paz mental se refiere.

Una de mis taras es que en ocasiones no sé explicar bien las cosas.

No sé cómo dar recetas o un «paso a paso» de cómo conseguir ciertos hitos que considero que he alcanzado.

No sé concretar qué ha sido más determinante y qué ha sido simplemente circunstancial.

Para mi todo ha sumado, e intentar hacer una disección es un problema.

Pero lo voy a intentar. Ahí van las tres ideas que más me han ayudado a construir una vida en paz (al menos por ahora).

1. El amor

Puede sonar ingenuo, pero una de las decisiones que más ha cambiado mi vida ha sido elegir el amor como forma de estar en el mundo.

De hecho tengo la teoría de que algunas personas «influensas» que ahora están hablando tanto de su descubrimiento de Dios, lo que de verdad están decubriendo es esta conexión con esta energía que voy a intentar explicaros.

Hay algunos que han escrito un libro y todo con sus propios hallazgos.

Cuando hablo de amor no hablo de un sentimiento permanente ni de una idea romántica. Hablo de una forma de vivir.

Durante muchos años vivía enfadada. Me irritaba con facilidad, me quedaba atrapada en pensamientos que me hacían daño y acababa reaccionando de maneras que no tenían nada que ver con la persona que quería ser.

Hasta que un día entendí algo muy simple: si yo quería transmitir tranquilidad, respeto, honestidad o cercanía, no podía seguir alimentando continuamente la rabia, el resentimiento o la dureza.

Había una incoherencia entre lo que deseaba aportar al mundo y la forma en la que muchas veces estaba viviéndolo.

Desde entonces empecé a hacerme una pregunta cada vez que algo me despertaba ese «monstruo rojo»: ¿Qué quiero hacer con esto?

No siempre encontraba la mejor respuesta. Ni la encuentro hoy. Pero esa pregunta empezó a cambiar muchas cosas.

Con el tiempo descubrí que el amor no era algo que aparecía cuando todo iba bien. Era la decisión de intentar responder de una manera que me acercara a la persona que quería ser, incluso cuando no me salía de forma natural.

Y también comprendí que esa elección tenía que incluirme a mí.

Podría pasarme la vida repasando errores, arrepintiéndome de decisiones o recordándome todo lo que hice mal.

Sin embargo, tratarme con compasión me ha permitido aprender mucho más que castigarme.

Por eso, cuando hablo de amor, no hablo de una emoción ni de una teoría.

Hablo de una práctica cotidiana.

De elegir, una y otra vez, aquello que está más alineado con tus valores que con tu impulso del momento.

No siempre es el camino más fácil. A veces incluso parece ingenuo. Pero, después de muchos años intentando vivir así, puedo decir que es la decisión que más paz me ha dado y la que más me ha ayudado a construir la vida que quería.

2. La Aceptación

La aceptación y el amor van de la mano, pero no son lo mismo.

Para mí, aceptar ha significado dejar de estar en guerra.

Primero conmigo. Aprender a verme con honestidad. Reconocer mis virtudes, pero también mis defectos, mis contradicciones, mis miedos y mis mecanismos de defensa.

Sin maquillar nada, pero tampoco sin convertir cada fallo en una condena.

Durante mucho tiempo confundimos crecer con corregirnos constantemente. Como si siempre hubiera algo que reparar. Yo ya no lo vivo así.

Creo que uno puede querer mejorar sin partir de la idea de que está mal hecho.

Puede crecer porque quiere ser más coherente con lo que piensa, con lo que siente y con la vida que quiere construir.

Aceptar también es dejar de contarte historias sobre ti. Es reconocer cuándo estás siendo sincero y cuándo te estás justificando. Cuándo el miedo está hablando por ti.

Cuándo simplemente no puedes dar más de lo que estás dando en este momento.

Y después está la aceptación de la realidad.

No significa que te guste todo lo que ocurre ni que renuncies a cambiar las cosas.

Significa dejar de gastar energía luchando contra aquello que ya ha sucedido o que nunca estuvo bajo tu control.

La vida trae pérdidas, enfermedades, decepciones, cambios de planes y personas que no actúan como nos gustaría. No porque el universo tenga nada contra nosotros, sino porque eso forma parte de vivir.

Entender esto me ha quitado un peso enorme.

He dejado de tomarme tantas cosas como algo personal. He aprendido que cada persona hace lo que puede con la historia que lleva detrás, igual que yo hago lo que puedo con la mía.

¿Hay días en los que me cuesta? Muchísimos.

Pero la diferencia es que ya no me peleo con la realidad. Y esa batalla que he dejado de librar me ha devuelto una cantidad inmensa de energía, de serenidad y de espacio para dedicarme a lo único que realmente sí puedo cambiar: la manera en la que decido responder a lo que la vida pone delante de mí.

Creo que hay una frase que resume muy bien todo este apartado y que podría convertirse casi en la tesis:

Aceptar no es decir “me gusta”. Es dejar de decir “esto no debería estar pasando” para empezar a preguntarte: “Ahora que esto está aquí, ¿qué hago con ello?”

3. El permiso

La tercera pata, para mí, es el permiso.

Y aquí sí creo que entro en un terreno mucho más personal.

No estoy convencida de que todo el mundo necesite darse más permiso.

Hay personas que, precisamente, tendrían que revisar lo contrario: cuánto espacio ocupan, cuánto imponen su manera de hacer las cosas o hasta qué punto tienen en cuenta a quienes les rodean.

Pero ese nunca ha sido mi problema.

El mío era vivir bajo supervisión constante.

Había una parte de mí que evaluaba continuamente si lo estaba haciendo bien, si estaba siendo demasiado, demasiado poco, si debía decir esto, callarme aquello, cambiar, mejorar o esforzarme un poco más.

No me daba permiso para ser. Solo me daba permiso para hacerlo bien.

Y eso es agotador. A día de hoy sigo lidiando con ello y sé que estará conmigo a lo largo de toda mi vida.

Con el tiempo entendí que, después de aceptarme, venía otro paso: dejarme existir sin estar pidiéndome explicaciones a cada momento.

Darme permiso para cambiar de opinión. Para descubrir que algo que antes me apasionaba ya no me representa.

Para probar caminos nuevos sin sentir que estoy traicionando a la persona que fui. Para ocupar espacio. Para decir “esto ahora sí” y “esto ya no”.

Para mí, el permiso es la forma práctica de la aceptación.

Primero me veo como soy. Después dejo de ponerme obstáculos para vivir desde ahí.

Eso no significa hacer siempre lo que me apetece ni ignorar las consecuencias de mis actos. Significa dejar de convertirme en mi propia inspectora.

Cada vez que dejo de cuestionarme por ser quien soy, aparece una sensación de ligereza difícil de explicar.

Las decisiones pesan menos, los cambios dejan de parecer una amenaza y vivir requiere mucho menos esfuerzo.

Quizá esta sea la idea con la que más personas conecten o quizá no. Pero, si eres de los que viven permanentemente vigilándose, corrigiéndose y pidiéndose permiso para existir, ojalá algún día descubras que nadie te lo puede conceder mejor que tú.

Hay una frase que creo que resume muy bien todo esto:

La aceptación consiste en dejar de pelearte con quien eres. El permiso consiste en dejarle vivir.

El permiso es llevar esa aceptación a la vida cotidiana.

Esta imagen es del 14 de julio de 2026, el día antes de volver a España después de estar 8 años viviendo fuera con mi familia. Fue tomada en el balcón de nuestra casa en Hamburgo, en el último atardecer. Para mi tiene mucho significado y por eso quiero dejarla aquí para la posteridad 🙂

Conclusión

No sé qué pensaré cuando vuelva a leer este artículo dentro de diez años.

Seguramente cambiaría cosas. Añadiría matices. Descubriría errores. Porque, por suerte, sigo cambiando.

Pero si hoy, con 43 años, alguien me preguntara qué tres ideas me han ayudado más a construir una vida con la que me siento en paz, respondería estas tres:

elegir el amor, practicar la aceptación y darme permiso para ser.

No creo que sean verdades universales. Ni un método. Ni mucho menos una receta para ser feliz.

Son simplemente las tres decisiones que, cuando miro hacia atrás, más han cambiado mi manera de vivir.

Y quizá esa sea otra de las cosas bonitas de cumplir años.

Que dejas de buscar grandes revelaciones.

Empiezas a darte cuenta de que una vida se construye con pequeñas decisiones que repites miles de veces.

La forma en la que te hablas.

La manera en la que miras a los demás.

La batalla que decides dejar de pelear.

El permiso que por fin te concedes.

No han sido los grandes acontecimientos los que más me han transformado.

Han sido esas elecciones silenciosas que casi nadie ve, pero que acaban cambiando la persona que eres.

Si dentro de otros diez años vuelvo a escribir un texto parecido, ojalá haya cambiado muchas opiniones.

Pero hay una cosa que espero conservar.

Seguir viviendo con la curiosidad suficiente para seguir aprendiendo y con la humildad suficiente para seguir cambiando.

Feliz cumpleaños Anita 🙂

Yo te busco, no te preocupes

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Toda elección conlleva pérdidas, reflexión.

Anita Balle

Autora de este Blog

La parte cotilla de todo esto

Publicista y creativa de profesión, psicóloga de vocación y actualmente ejerciendo también como terapeuta. Madre de familia y pareja de ingeniero. Actualmente viviendo en Hamburgo.

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