La esclavitud del siglo XXI

La esclavitud del siglo XXI

La esclavitud del siglo XXI

Durante el verano, cuando tengo la suerte de pasar unos días con mi familia en la playa, salgo a pasear con mi cuñada para ver el amanecer. Solemos caminar por la orilla durante una hora más o menos.

Cada año nos sentimos más acompañadas.

Al principio apenas nos cruzábamos con cuatro gatos. 

Una pandilla de adolescentes que no había vuelto a casa todavía, dos o tres personas que aprovechaban la calma para meditar, algún corredor y tres abuelos que aprovechaban para coger hueco, sombrilla en mano.

De un tiempo a esta parte puedes observar cómo cada vez más gente se levanta temprano para poder caminar apaciblemente o, simplemente, aprovechar una playa más vacía y tranquila.

 

Hay un fenómeno curioso, sin embargo, y es que cada año proliferan los grupos de amigas adolescentes -y no tan adolescentes-, preparadas para hacerse una sesión de fotos Iphone en mano.

Ataviadas con sus bikinis y blusas blancas, vestidos o pareos, van posando por turnos haciéndose un minibook cuya finalidad ya podemos intuir.

Mi sobrino de 17 años, comentaba durante una cena: «ahora, cuando conoces a una chica y te gusta, ya no das el número del móvil, eso es demasiado personal. Ahora das el «insta», ahí ya sabes que vas a poner lo que tú quieres que la gente vea».

Pues eso.

 

Siguiendo nuestro paseo, y después de pasar a bastante gente que se para a grabar el precioso espectáculo que es el amanecer, nos topamos con una mujer y su hula hoop.

Trípode bien plantado, móvil bien colocado, encuadre perfecto, le da al play y se pone a dar vueltas al hula hoop con la cintura, con la pierna, con el brazo…

Son las 7 de la mañana y aquí está la chica, ataviada con un modelito de mallas y top muy propio, grabando lo que imagino que es “su contenido”.

 

Más sesiones de fotos de amigas que se turnan, que llevan varias prendas de ropa y que buscan localizaciones. 

Que si voy andando y a los tres pasos miro para atrás y sonrío. Que si hago como que voy por la orilla y me pilla una ola. Que si ahora subo las manos y hago como que cojo el sol y entonces tú me rodeas y me coges por los dos ángulos.

Que si hazme un cenital, un picado y uno diagonal. Contrapicado no, que queda fatal.

 

Casi sin poder remediarlo, cuando veo estas escenas, se me tuerce el gesto. Quizá si fuese algo puntual y esporádico, o si no se hubiese ya escrito tanto sobre las consecuencias de la “sociedad de la imagen” en los más jóvenes, quizá si no viese ya esas consecuencias en otras personas, podría contenerme más.

Y que conste que lo entiendo. Seguramente yo estaría haciendo eso mismo con esa edad y viviendo esta época.

Para mí lo preocupante no es que estas chicas se hayan levantado temprano para hacer esto un día de verano, y que podrían estar haciendo otras cosas “más interesantes”.

Este hecho hasta lo puedo ver como un acto de compromiso bastante maduro. Porque hay que quedar a una hora, estar más o menos maquillada, peinada, elegir la ropa que llevas puesta, y además la extra…

Para mí lo preocupante es la naturalidad con la que se hace, lo integrado que está, lo casi automático de la acción.

Las poses, los temas, la logística, la parafernalia, el yo primero y luego tú… 

Y luego la subida a redes con frases inspiradoras, motivantes, picaronas, cargadas de autoestima, sacadas de contexto, completamente vacías y entendiblemente inservibles por la corta vida de las que las escriben.

Para después esperar “pacientemente” el feedback de esa “parte de ti” que has mostrado al mundo.

 

Aún recuerdo forrarme las carpetas con 14 o 15 años con caras de actores, grupos de música y chicos guapos. 

Nos gastábamos la paga comprándonos revistas para conseguir las fotos que nos gustaban.

También recortábamos frases de famosos que hablaban sobre la paz en el mundo, sobre la sociedad, sobre el autoestima, perseguir sueños y esas cosas.

Frases que sonaban genial y que daban caché a tu collage, por supuesto. Y ya no digamos si añadías fotos de algún escritor o artista poco conocido… Ahí ya marcabas la diferencia.

Y si alguien te preguntaba sobre semejante ser, podías vomitar los cuatro datos que habías aprendido y así mostrar una imagen de mezcla de intelectualidad, misticismo y madurez.

Te pasabas unas semanas llevando tu carpeta al brazo, y dejándola a la vista en todos lados para que la gente, así por casualidad, se fijase en tu obra maestra y pudieses proyectar algo más de tu personalidad.

Podrías tener el halago de, más o menos, una media de 5 personas. Daba gustito.

A las dos semanas pasabas olímpicamente ya del tema, la carpeta pesaba un quintal y acababas metiéndola en la mochila, a presión.

Al final del curso, los datos de la biografía de aquél famoso se te habían olvidado, y no te sabías el nombre de la mitad de los actores que aparecían en el collage.

Cada curso tenías una oportunidad para forrar la carpeta y generar feedback.

 

Cosas que antes se quedaban en tu barrio, en tu clase o en tu colegio. Cosas que al final te dabas cuenta de que no merecían tanto la pena y que la próxima vez no perdías el tiempo buscando una foto de Kafka.

Ahora forramos muros de redes sociales, gratuitamente, y además con un feedback brutal. 

Hay corazones, hay aplausos, estrellas, sonrisitas, ojos enamorados, comentarios agradables, proposiciones indecentes…

Segregación de la hormona de felicidad a saco.

Lo entiendo, todo esto es complicado.

 

Ya estamos llegando casi al final de la playa. Damos la vuelta y volvemos a encontrarnos a la chica del hula hoop.

«¿Me hacéis un video por favor?» – es alemana pero habla perfectamente español.

«Claro, ¿qué quieres que salga?»

«Haz un video que se me vea el cuerpo entero y el sol que entre por el aro, luego yo ya saco de ahí la foto que me interese»

La alemana trabajadora, que vete tú a saber a qué hora se ha levantado para poder grabar contenido, que es lo que intuyo que está haciendo. Que tendrá luego que editar su material, con todo el tiempo que eso también implica.

Que seguro que le ha venido bien para repasar algunos movimientos, que no digo que no, que seguro que no le ha costado madrugar, que sí que sí, que lo hace con ganas y con toda su buena intención. Por supuesto. Porque ella lo que quiere es simplemente que la gente sienta interés genuino por el hula hoop. Claro.

 

Pues lo dicho, después de todo esto, la alemana subirá el contenido a las plataformas. Y recibirá a cambio likes y comentarios. Quizá alguien compre su curso online, si es que es eso lo que tiene, gracias a ese video. Oye, y si el curso está bien valorado puede que haya hasta merecido la pena.

O quizá no, pero no pasa nada, porque como hemos dicho, ella lo hace por ayudar, por compartir, por aportar, nada más.

Quizá todo ese trabajo, que como hace ella misma y no tiene que pagar a nadie para ello, no considera que «conlleve un gasto».

Efectivamente económico a priori puede que no -sacando de la ecuación el móvil, el trípode, y los modelitos-, pero a nivel de tiempo sí.

Y todo ese tiempo que ha dedicado a grabar contenido podría haberlo dedicado a otra cosa. A cualquier otra cosa. 

“Pero claro, es que si no subo un video diario, Instagram me penaliza, deja de mostrarme y no suben los likes. Si no suben los likes, me muestra a cada vez menos gente y las visualizaciones no suben. 

Y fulanita y menganita no paran de aparecerme en el feed con más visualizaciones que yo, y su contenido no es tan bueno como el mío.

Entonces, a parte del video en la playa, haré un video en casa con frases cortas, y después otro cuando vaya a tomarme el helado, con el hula hoop claro. Así ya tengo tres, y del de la playa corto un trozo y lo pongo el domingo… Y, y, y…”

Porque hay que estar en las redes ¿no?

¿Hay que estar?

¿Seguro?

¿Sí?

¿Hay que estar así?

¿Así de esclavizados hay que estar?

 

Lo paradójico de esto esto es que yo trabajo generando contenido para las redes sociales de empresas. Empresas muy pequeñas y empresas grandes. Que trabajan a nivel nacional y a nivel internacional.

Y veo esto cada día en versión corporativa.

Casi lo mismo que piensan esas chicas adolescentes cada vez que planifican una sesión, van a la playa, hacen sus fotos y suben su contenido…

Es lo mismo que piensa la gran/mediana/pequeña empresa en cuestión de apariencia en las RRSS.

Los miedos que tiene la alemana del hula hoop, a la que obviamente he usado como inspiración sin conocer su caso realmente…

Son los mismos que tienen la gran/mediana/pequeña empresa en cuestión de apariencia en las RRSS.

 

Que cada uno saque sus propias conclusiones. 

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