De estar orgulloso y el propósito

De estar orgulloso y el propósito

Como cada fin de semana desde hace 10 semanas, me siento frente al ordenador para intentar dar forma a esto que quiero comunicar pero que no es tan fácil de explicar. Esta semana quiero exponer un tema que bien se podría resumir con la frase “estar orgulloso de uno mismo”, pero el peligro de simplificar las ideas en una sola frase es que te puedes dejar muchos matices por el camino. Mejor dicho, te dejas todos los matices por el camino, pues a esta conclusión se puede llegar desde muchos lugares.

Roma siempre estará en Roma, pero el camino hasta el que llegues a ella puede ser totalmente diferente.

Esta semana la reflexión ha llegado a cuentagotas y, sinceramente casi sin pensar en la idea demasiado. Han sido un devenir de inputs de cada día los que han conformado finalmente esta idea final. Y aún así, mientras la escribo se está formando. Este fenómeno en sí me parece una maravilla.

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Quizá aquel que se dedica a las artes, a la escritura, al diseño, etc, puede sentir esta sensación como familiar. El momento en el que no tienes claro qué va a salir de todo esto y que momento a momento se va formando ese texto, ese diseño, ese cuadro… Y tú eres casi espectador de lo que se está dando, aunque seas a la vez la persona que lo lleva a cabo. La mente creativa está dando rienda suelta a todo lo que tiene y tú eres mero ejecutor obedeciendo órdenes de aquello que esa mente creativa manda.

Esto es complicado de explicar con palabras, personalmente experimento estos momentos de “flow” en algunos de mis trabajos y coincide que es cuando más disfruto de ellos.

Imagino que todos en mayor o menor medida disfrutamos de estos momentos en nuestros quehaceres diarios o en nuestra práctica de hobbies, u otras situaciones que nos motiven.

Temas de flow y conexión superior a parte, hoy os quiero hablar del concepto de “estar orgulloso de uno mismo”, y como os comentaba al principio, es algo que ha venido a mí disfrazado de diferentes inputs que he ido viviendo esta semana.

He tenido la suerte de desarrollar un proyecto que me ha motivado muchísimo. No lo puedo compartir por aquí porque es un trabajo en el que he participado como freelance y, por tanto, no me lo puedo atribuir directamente. Es la empresa para la que trabajo, mi cliente, la que se lo atribuye. Y no hay problema, el contrato es ese.

Realmente no busqué ese trabajo, ni lo pedí, y cuando me lo asignaron tampoco le di mayor importancia, pues es algo que he hecho muchos años y me considero casi experta. Se trata de una maquetación editorial, una especie de catálogo electrónico de una empresa reconocida que quería exponer de una manera cuidada y diferente una sección de sus productos.

El tema era urgente, apenas tuve unas seis horas para desarrollarlo, esto resta glamour, la verdad, las prisas son el enemigo número dos de los creativos. El número uno es la “sequedad de ideas” o los “bloqueos creativos”, como os podéis imaginar.

El caso es que esa noche tuve que quedarme acabando el proyecto, y lo acabé a una hora razonable. Y lo acabé disfrutándolo, pese a las horas, pese al cansancio. Porque fluía con él. Porque estos trabajos me encantan y no siempre llegan. Y haciéndolo me di cuenta de cuánto me gustan, porque no me cuesta hacerlos y porque disfruto y entro en ese estado de flow que describía antes.

EL resultado gustó, y eso añade porcentaje de satisfacción, y al final acabé enamorada de ese trabajo y reconociéndome que estaba orgullosa de mi. ¿Y por qué? Por varios motivos:

1.- Porque pese a la experiencia que tengo como creativa, tanto a nivel diseño gráfico como a nivel copywritter, me cuesta definirme como tal. Y es que personalmente no me he formado académicamente sobre estas dos áreas, he sido autodidacta totalmente. Es decir, sufro el síndrome del impostor constantemente.

Entonces el verme capaz, una vez de más, de desarrollar este tipo de trabajos de una manera profesional, efectiva y rápida me anula ese síndrome del impostor y me reafirma en la certeza de que muchas veces no es en lo que te formes sino lo que practiques…

2.- Porque fue un trabajo que disfruté haciendo, y lo más importante, que me reconocí disfrutándolo. Creo que el ritmo de vida que llevamos a veces no nos permite disfrutar de estos momentos en los que, pese a la urgencia y a que tuve que hacerlo por la noche a horas en las que normalmente ya estoy durmiendo, sientes que estás donde tienes que estar y estás haciendo lo que tienes que hacer. Esa sensación mágica y muy breve en la que nada sobra y nada falta. Algo muy zen, lo sé.

3.- Porque quien tuvo que valorar y apreciar ese trabajo lo hizo. Es decir, yo, mi cliente y el cliente de mi cliente. ¿Quién más es necesario?. Para mí hice un muy buen trabajo teniendo en cuenta el tiempo y los recursos con los que contaba, para mi cliente hice un muy buen trabajo y así me lo expresó y para el cliente de mi cliente también fue un gran trabajo y así se lo expresó a mi cliente.

¿Por qué nuestra sensación de sentirnos orgullosos de nosotros mismos se puede distorsionar cuando pedimos la valoración de los demás?

Efectivamente enseñé este trabajo a otras personas, y de esas personas escuché su opinión, pero no tomándomela como si un comité de expertos estuviese haciendo una evaluación exhaustiva del resultado. Ni mucho menos.

Creo que lo inteligente en este punto es centrarse en que esas opiniones externas están muy sesgadas, no tienen mala intención y se hacen desde un lugar en el que tienes que ser consciente de esto. Y también centrarte en que quien tiene que valorar el trabajo eres tú y en este caso, la persona que lo encarga.

Y el problema viene cuando no eres consciente de esto. Y creerme cuando os digo que aquí es donde yo estoy muchas veces pidiendo la valoración del resto de personas, y cuando no recibo lo que quiero me lo tomo a lo personal o me enfado porque no me entienden o me frustro porque no cumplen mis expectativas en ese momento, o me pongo triste porque no ha sido valorado como debería ser.

En estas pequeñas cosas se cuela esa necesidad del ser humano de ser valorados. En esas pequeñas cosas es cuando se cuela la sensación de invisibilidad, de no ser suficiente, de tener que hacer cosas grandiosas, de lo mío no vale…

Y todo esto sería menos traumático si nos enseñaran mejor a valorarnos a nosotros mismos. A ser nosotros quienes pongamos nuestras cosas en su lugar, en vez de depender de lo que opinen los demás.

Porque el que más o el que menos de nuestra generación, ha crecido en un ambiente en que él se veía reconocido según la opinión de los demás, sobre todo de las figuras de referencia. Y ahí te veías inmerso en centrarte por tener un buen comportamiento, o sacando buenas notas o siendo estudioso, o incluso siendo un elemento distal o una nota disonante buscando llamar la atención para sentirte reconocido y valorado por ser diferente.

Y todo esto anterior se resume en una frase, buscábamos nuestro reconocimiento en el exterior. Y lo seguimos haciendo, porque esto lo hemos mamado.

Y así caminas por la vida hasta que te vas dando cuenta de estas cosas, y es entonces cuando vas aprendiendo a reconocer que la opinión que más vale es la tuya y ninguna más. Que a veces incluso no es necesario pedir más opiniones.

Que el que vive tu vida eres tú y nadie te tiene que dar el Ok, la palmadita en la espalda ni nada por el estilo. Y que si eso viene es fenomenal y un gustazo, pero no puede ser la finalidad.

La finalidad, una vez más, es la coherencia entre lo que piensas, lo que sientes y lo que haces.

Pienso este trabajo y lo desarrollo como considero que debe ser, hasta que está bien hecho para mi, siento que así es porque el que lo ha solicitado también así lo piensa, y me comprometo a seguir haciendo este tipo de tareas porque me hacen sentir bien a mi mientras las hago.

¿Qué más opiniones necesitamos? ¿Qué más palmaditas en la espalda nos faltan para darnos cuenta de que no hay nada más? Todo lo demás nos va a dejar vacíos en algún momento. Y es que las valoraciones externas no calan igual en nuestro ser como las propias valoraciones que nos hacemos de nosotros mismos.

El mundo es un lugar cruel

El mundo es un lugar cruel porque así lo hemos construido. Nosotros y nuestros antepasados. Por la razón que fuese, pero así ha sido. La vida es injusta porque centramos nuestros valores en un status quo superficial y desconectado.

Y aquí podréis llamarme pesimista, pero no tengo problema pues estoy segura que casi el completo de la población occidental ha vivido situaciones en las que ha sentido esta crueldad e injusticia.

Además, el hecho de que piense esto de arriba no excluye que en otras ocasiones considere que el mundo es maravilloso y nosotros como sociedad tenemos un potencial increíble de hacer las cosas bien. Creo que ambos pensamientos pueden vivir juntos.

El caso es que comento que el mundo es cruel e injusto porque así lo hemos hecho y lo hacemos cada día, potenciados en parte por las nuevas tecnologías y por el fenómeno de las redes sociales. Y es que bajo este prisma una persona con un proyecto increíble que no tiene mucha mano con las redes sociales puede pasar 100% inadvertido, y otra con un proyecto más modesto y otras finalidades puede ser alguien de referencia nacional al que todo el mundo adora.

Es así como se tiende a valorar más unas profesiones que otras. Es así cuando se tiende a apoyar unos deportes frente a otros. Es así cuando se tiende a llamar héroes a determinados sectores profesionales en vez de a otros…

¿Y quién pone la barra de medir? El dinero, los medios de comunicación, la capacidad de utilizar las herramientas social media disponibles, que le caigas bien a ciertas personas…

Y mi reflexión respecto a esto es ¿por qué tiene que haber una barra de medir? ¿No contribuimos todos de alguna manera a que la sociedad funcione? ¿No nos hemos dado cuenta durante los confinamientos que tan importante es el médico como la cajera, como el cantante como el actor, como el farmacéutico como el tío del bar, como el camarero, como la peluquera….?

¿No nos hemos dado cuenta de que no debemos estar unos encima de otros sino unos al lado de otros?.

Esto ya es tema para otro artículo.

Estar orgulloso es bien, pero no siempre

Y aquí quiero desarrollar otra línea de reflexión que creo que también nos afecta mucho a la sociedad de hoy en día, sobre todo a los de mi generación, que hemos visto como todo el boom del positivismo y el significado de la vida, la realización personal, etc, ha ido ganando terreno.

La búsqueda del significado último de la vida, del para qué estoy aquí en este mundo, de que todo sea una experiencia de máxima intensidad y estemos conectados constantemente a ella nos ha achicharrado el cerebro. Creedme que sé de lo que hablo.

Y aquí vuelvo a hacer un inciso, pues son las ideas del filósofo José Carlos Ruiz y su obra “Filosofía ante el desánimo”, también en este caso, las que me han llevado a reflexionar sobre este tema.

Hemos pasado de una generación, la de nuestros padres, cuyo último significado en la vida era trabajar para ganarse el pan, pagar el colegio de sus hijos y poder viajar a otros lugares que no fuese el pueblo de turno…. A una generación como la nuestra en la que parece que tenemos que estar en constante búsqueda de nuestra vocación, y que todos los trabajos deben ser tan placenteros que sintamos que no trabajamos, y que es necesario encontrar realmente tu llamada para poder dedicarte a ello de por vida y ser eternamente completos…

Obviamente exagero, pero reconocedme que algo de esto hay y se respira en el ambiente. En el pasado también he hablado sobre el propósito de vida en varios posts, este es uno de ellos: «La búsqueda del propósito».

Pues bien, servidora que ha estado en esa mentalidad del significado espiritual de la vida, la llamada vocacional y la búsqueda incesante del propósito de vida se ha caído de lo alto del edificio y os lanza su reflexión:

Para mí no hay un único significado de la vida, no hay una única vocación ni hay un único trabajo que te haga sentir completamente lleno.

Somos seres tan altamente complejos, con tantos prismas y con tantísimas maneras de poder influir en nuestro entorno que ¿cómo podemos pensar que es nuestra vocación laboral la que va a determinar nuestra vida? ¿No nos estamos quedando cortos con eso?

Mi sensación, sinceramente, es que es un compendio de cosas las que hacen que sintamos propósito en la vida.

Por ejemplo, tu desarrollo como persona en sí, es decir tu autoconocimiento y autogestión pueden marcar áreas de tu vida y tu entorno, pueden inspirar a los demás e influenciar en el día a día a mucha gente de tu alrededor. Tu desarrollo como madre o padre puede marcar la diferencia en el desarrollo de tus hijos, por ejemplo. Cómo desarrollas tu profesión puede ser algo tremendamente liberador y con un significado para ti muy importante, pero que otras personas nunca podrán conocer realmente hasta dónde llega, es decir, puede que sea algo más íntimo o privado, no tiene por qué ser algo de masas y mundialmente conocido o reconocido. Cómo tratas a tus compañeros, a tus amigos, a tus iguales, cómo gestionas los conflictos, cómo practicas tu deporte, cómo cocinas, cómo te vistes, cuáles son tus hábitos… Todo esto puede ser lo que conforme tu propósito en general.

Y mi pregunta es ¿puede ser que estés negándote a mirar todas estas otras cosas por tener el pensamiento limitado de que el significado de tu vida o tu propósito debe estar centrado única y exclusivamente en tu vida laboral o en el amplio cajón de “yo lo que quiero es ayudar a los demás”?

Siguiendo el ejemplo que os contaba anteriormente con el tema del proyecto del que me siento orgullosa os comparto que a mí mi trabajo del día a día no me llena. No es una cosa que me vuelva loca y me ponga “cachonda” todo el rato.

Y cuando he elegido el título de “estar orgulloso, a veces, no siempre” me refería a esto mismo. A que a veces tu trabajo te mola y a veces no, y esto es normal.

Pero hay trabajos como el que os he mencionado que sacan lo mejor de mi, y siento que es algo que se me da bien, que tiene un sentido y un significado importante.

Y desarrollar el trabajo que estoy desarrollando ahora, aunque no me guste todos los días, me permite llevar una vida que tiene muchos matices y que a día de hoy considero que la estoy viviendo como yo quiero vivirla. Que soy yo la que dirige y no me siento dirigida. Que soy yo la que marca los tiempos, la que luego tiene tiempo para escribir estas parrafadas, grabar el podcast, salir con mis hijas a pasear, desarrollar mis hábitos como a mi me gusta, etc…

Y esa sensación de libertad puede ser ya un propósito en si mismo ¿no creéis?

¿No nos está llevando este tipo de creencias de encontrar el propósito o de disfrutar al máximo de la vida o exprimir el tiempo a no saber cuando parar para, simplemente, vivir?

¿No nos está llevando esta tendencia a ser productivos y que todo tenga sentido a perder el norte y si no me estoy sintiendo completamente realizado caigo en una espiral de catastróficas desdichas que me conducen a un sentimiento de no saber para qué valgo?

¿Esperamos una respuesta concreta, clara y llana para nuestra vida en vez de entender que nuestra respuesta puede estar compuesta por multitud de micromomentos que juntos conforman “la respuesta” pero que no vemos?

Si os apetece compartir lo que pensáis sobre este tema os animo a escribirme aquí en comentarios, a mandarme un mail a anitaballe@gmail.com o a mandarme un mensaje de voz por Facebook o Instagram, lo que mejor os venga, y estaré encantada de debatir con vosotros.

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