Los miedos hechiceros son bebés de pañales · Anita Balle · Reflexiones
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Los miedos hechiceros

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Los miedos son hechiceros, son como cosas de magia. Algo que es capaz de hasta cambiar tu personalidad. ¿No es increíble?. Los miedos te quitan el hambre, te cambian el rumbo, te impiden ver tu propia realidad… Es cosa de brujería, ¿verdad?.

Estoy «escribosa», voy a patentar esta palabreja (jejeje). Escribosa quiere decir que escribo mejor que hablo. No estoy para hablar bien ahora, ahora me sale escribir, escribir y escribir. Dato de fase premenstrual, chicas.

Los miedos te rondan toda la vida, quizá de bebés son unos, de niños son otros, de teenager otros… Ahí se van formando. Según entendidos en el tema nuestros principales miedos se crean de los 0 a los 7 años. Son los famosos traumas infantiles, aquellos con los que convivimos una y otra vez. Nuestros fantasmas. ¿No me digas que no les ves el punto mágico?.

Hay unos miedos nucleares, el miedo a la muerte, a la no vida, a no existir. Es un miedo humano, normal en todos nosotros. Es el miedo que trabajan las religiones y los movimientos espirituales. Por eso siempre hay una visión de «trascender a la muerte» en ellas.

Otro miedo humano es «no ser queridos». ¡Oh! cómo duele ese… A que no nos quieran tal y como somos. Es un trauma infantil inmenso. Viene de bebés y lo notamos en los primeros años de vida.

Más adelante, y derivado del miedo a no ser querido, -esta relación entre miedos es propia cosecha my friends-, viene el «miedo a no pertenecer», principalmente a un grupo social. A que no me acepten. Tras este miedo se desarrolló la famosa «Espiral del silencio» de Elisabeth Noelle-Neumann. Como seres sociales necesitamos pertenecer a un grupo y ser aceptados.

Y luego están los miedos propios de cada uno. Y no hablo de miedo a las arañas o a las cucarachas. Hablo de miedos mucho más potentes, los miedos que te impiden mostrarte tal y cual eres. Esos que ni se ven -porque son mágicos ya lo he dicho-. Esos que aparecen en la vida disfrazados, ocultos, o incluso totalmente tapados bajo montones y montones de creencias, de experiencias de… de tonterías. Porque cuando los ves cara a cara te das cuenta que estaban tapados de tonterias. Tonterías absurdas de cabo a rabo.

Cuando tienes el inmenso regalo vital de ver un miedo cara a cara, de ver de qué está hecho, de donde puede llegar a venir -tampoco hay que obsesionarse con esto-, de qué pie cojea… Cuando tienes esa oportunidad, es cuando te puedes dar la opción de trascenderlo y cuando, de verdad, ves lo simple que es. Es ahí cuando el miedo pierde su magia. Cuando lo miras.

Porque cuando lo miras le quitas el poder. Cuando lo escrutas, cuando lo abres, lo diseccionas, lo toqueteas… es cuando ya pierde la gracia, pierde la fuerza, ya no puede afectarte. Ves que es un bebé de pañales indefenso que no puede hacerte nada. Y entonces lo acoges, lo abrazas, lo achuchas y le das besitos. Le vistes con ropa nueva, lo metes en un carrito y lo sacas a pasear para que le de el sol. Y para que vea lo bonita -y lo simple- que es la vida.

Pero para llegar a besuquear a tu miedo hay que pasar antes por muchas etapas -como los adictos-. Primero reconocer que los tienes, segundo querer buscarlos, tercero ponerte activamente a buscarlos, cuarto encontrarlos, quinto atreverte a diseccionarlos y sexto atreverte a verlos como bebitos de pañales.

¡Ah!, por cierto, puedes pedir ayuda para enfrentarte a tus miedos. El compartir tus experiencias con otras personas es lo que más puede ayudarte en esto -y lo más barato-. Sea quien sea, comparte y habla sin tapujos, di lo que sientes por absurdo que sea, ábrete. Cuando lo hagas descubrirás que ya has empezado a trascender el primero de tus miedos.

¡Muack!

By the way, puedes compartir cositas aquí en los comentarios que yo estaré encantada de contestarlos 🙂

Photo by Sammie Vasquez on Unsplash

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