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Hola, soy Ana y quiero ser vista

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El otro día me resonó profundamente una frase que le escuché a Alejandro Jodorowsky en una conferencia: «lo único que quiere el niño es ser visto». Se me quedó marcada en el inconsciente, esperando su momento para salir a la luz.

Todos nosotros hemos sido etiquetados incluso antes de nacer. La primera etiqueta fácil de reconocer es nuestro nombre. «Te vas a llamar Ana», esa será tu primera marca de nacimiento aparente. Además, antes podrías haber tenido unas cuantas más sin saberlo. Por ejemplo, yo iba a ser un chico y mi nombre iba a ser Carlos, hasta que nací y fastidié el tema.

También puede que para mis padres ya tuviese incluso unos gustos definidos o unas tareas asignadas para mi desarrollo. A parte de las que, incluso mis hermanos mayores, me asignaron inconscientemente también. Es imposible nacer completamente neutro ¿verdad?.

Esto puede que no parezca tan grave, pues, en mi opinión, lo seguimos haciendo también los padres de hoy. Etiquetamos a nuestros hijos, queramos o no, puesto que no etiquetarlos es muy complicado para nosotros y tenemos que hacer grandiosos esfuerzos para no hacerlo.

Yo etiqueto, tu etiquetas, nosotros etiquetamos

Hace pocas semanas le escribí a Laura, una de las fundadoras de Centro Ideat Mutxamel, un espacio en el que se trabaja la educación emocional entre otras muchas cosas. Laura es amiga y psicóloga infantil, por lo que confío plenamente en su criterio. Siempre que he tenido dudas sobre cómo actuar con mis hijas le he preguntado, y sus consejos siempre me han venido fenomenal.

La guía resumida que me ofreció a mi planteamiento fue la siguiente: «Ana, los niños aprenden por imitación, por lo que ven sobre todo, no por lo que dices. Cada vez tienes que tender a hablar menos con ellos, a hacerles menos valoraciones positivas o negativas. Y lo más importante, olvídate de las etiquetas que les has puesto». Obviamente ella notó por lo que le conté que ya había encasillado a mis peques.

Me quedé un poco en shock porque yo consideraba que estaba dándole a mis hijas la libertad de ser quienes ellas eran y que no estaba metiéndolas en ningún tipo de molde con etiqueta. Ilusa de mí.

Al momento que ella me dijo eso fui dándome cuenta de todas y cada una de las casillas y definiciones que había implantado inconscientemente en mis peques. Mi compañero también me ayudó a ver clara esta situación. ¡Qué gusto da trabajar en equipo!.

Desde aquél día pongo en práctica el consejo y os aseguro que cuesta mucho. Muchísimo. Pero también os digo que muchos de nosotros, los nuevos padres, estamos trabajando por este nuevo sistema de educación, más coherente y más respetuoso. Sí, etiquetamos, pero nos damos cuenta y queremos mejorarlo.

Yonkis de las valoraciones

El sistema educativo familiar que llevábamos hasta ahora se está desmoronando, y estoy segura de que caerá para dar paso a una manera de educar en el respeto a las emociones y a las personalidades. En la libertad del ser tal cual es, tenga la edad que tenga y sea cual sea su situación personal. Y en la libertad también de la evolución y el cambio, muy importante.

Un sistema en el que las frases como «es que siempre haces» «es que eres…» «es que de esta forma nunca conseguirás esto», «eso está muy bien», «eso está muy mal»… no sean necesarias. Somos unos completos yonkis de las valoraciones. Haz la prueba, intenta pasar un día sin valorar las acciones de los demás o las tuyas propias, a ver si puedes. El puñetero «muy bien» sale solo…

El niño, para aprender, ya se fijará en tí

«El niño sólo quiere ser visto», no quiere valoraciones sobre si lo que hace es malo o bueno, sobre si eso que tiene ahora es mejor que lo otro, sobre si lo que dice es educado, inteligente, atrevido… El niño simplemente quiere que lo veas y que lo quieras, y que le hagas caso y que lo acojas. Sin más.

Ya verá que tú das abrazos y que tú y los demás se ponen contentos. Ya verá que hablas sin gritar. Ya verá que tienes problemas y los intentas resolver. Ya verá que pondrás tus mejores intenciones haciendo la comida o en ayudarle con los deberes o en hacer esa manualidad. También verá que te pones triste o que te enfadas. Verá que pides perdón si te has pasado de la raya. Verá que la tristeza se pasa y que se puede volver a reir después. Verá que cuidas a tus hermanos, a tus padres, a tus amigos. Verá que lo respetas y respetas a sus hermanos y a tu pareja… Verá muchas cosas y de esas aprenderá más.


Herencia de la incoherencia

Estos días me he dado cuenta de la incoherencia educacional que hemos recibido algunos de nuestra generación por parte de nuestros padres. Obviamente no en todos los aspectos. Sé que nuestros padres hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas con las que contaban. ¡Lo que habrán pasado ellos!.

Padres o madres autoritarios que te obligaban a ser cariñosos y educados a base de gritos y faltas de respeto. Que te decían que debías contar lo que te pasaba y comunicarte con ellos mientras los cuchicheos iban y venían en las comidas familiares. Padres y madres, tíos, tías y abuelos que te hablaban desde lo alto de un pedestal y evaluaban tu inteligencia o tu pillería para después compararla con otro primo o prima y hacer constantes rankings que te hacían sentir avergonzado incluso siendo el primero. En fin, muchas cosas.

Y que conste que no pretendo quejarme y centrarme en lo negativo de la educación recibida. De verdad que no. Simplemente son ejemplos en los que seguramente te puedas ver reflejada/o tú tambén y así puedas ver donde quiero llegar.

La clave es analizar si, con todo esto, tú, el adulto de ahora, has podido ser visto por tus padres o has podido ser visto por los demás. ¿Has podido?. ¿Te han visto?. Yo en mi caso no estoy segura.

Por eso me impactó tanto la frase de Jodorowsky. Mi niña quiere ser vista. La niña de ayer, la adulta de hoy, se reconoce oculta aún. Quizá más dispuesta a mostrarse que años atrás, pero aún con miedo de hacer algo mal, aún con miedo de molestar, aún con miedo de provocar, aún con miedo a hablar.

Y este es quizá el objetivo educacional para con mis hijas y para mí misma. Verme a mí, verlas a ellas, y ver también a los demás. Tal y como son, sin más. Restando importancia a las palabras, centrándonos en los actos, educando con ejemplos vivientes, propagando nuestra verdad poniéndola en marcha, en acción, y no dejándola en un mero discurso. No sólo por ellas y ellos, también por tí.

¿Hasta qué punto te comprometes a ser vista/o? ¿Hasta qué punto te comprometes a ver a los demás?

Espero que no haya sido demasiado profundo. Recuerda, la finalidad no es hacer las cosas perfectas o no hacerlas. ¡Beso!

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